Réquiem por la diversidad lingüística de España

Hacía poco más de dos años que había muerto Franco. Cursaba yo por aquel entonces en la facultad asignaturas como Formación de Áreas Lingüísticas en la Península Ibérica, o Dialectología Hispánica. En aquellas materias se describían y explicaban los dialectos y las lenguas que estaban vivas (subrayo el término) en aquel tiempo. Bien es cierto que no pocas se encontraban en retroceso porque habían quedado relegadas al medio rural, en progresiva despoblación, y mantenían su identidad y su carácter diferencial sobre todo en el plano léxico. Es decir, vocabulario singular para hablar de la vida cotidiana en el pueblo, más unos rasgos fonéticos y morfológicos peculiares… y poco más.

Pero eran lenguas vivas. Lenguas que se adquieren desde la infancia de manera natural, con expresiones que surgen de manera espontánea en las reacciones o necesidades comunicativas elementales de los hablantes. Lenguas en las que uno se expresa en situaciones de peligro, de sorpresa, de afecto. Ante una amenaza inesperada, o un dolor intenso, no se reacciona pidiendo ayuda en una lengua que se ha aprendido en los libros o en las clases de conversación.

Si esas lenguas y dialectos se conservaron durante las anteriores décadas fue por el aislamiento en el que vivieron sus hablantes, alejados de unas sociedades cada vez más urbanas, mejor comunicadas y más abiertas al progreso social e industrial. Un aislamiento que provocó además una fragmentación considerable en sus territorios. Los atlas lingüísticos que han venido elaborando los filólogos desde finales del siglo XIX son una buena muestra de esa diversidad. Esos atlas, como el Atlas Lingüístico de la Península Ibérica, recogen unos usos y unas formas que en muchos territorios ya son historia desde hace bastantes décadas.

Pero no es un drama que se produzcan tales retrocesos y fragmentaciones. Es algo natural. Las lenguas nacen como instrumentos de comunicación, son patrimonio de sus hablantes, y a lo largo de su vida evolucionan, sufren transformaciones, amplían sus territorios o, simplemente, languidecen y acaban extinguiéndose. Nadie tiene autoridad sobre las lenguas, son solo sus hablantes los que las conservan o las abandonan, sin otro interés que el de tener un instrumento útil y eficaz de comunicación.

Llevamos ya varias décadas asistiendo a un empeño por revitalizar todas esas lenguas y dialectos de España. Aunque esa iniciativa resulta en principio interesante y loable porque busca la conservación de un patrimonio cultural, lo cierto es que se está llevando a cabo de la peor manera posible. Las lenguas constituyen una parte importante de la identidad de los pueblos, pero esa identidad, desdibujada por el paso del tiempo y los cambios sociales y culturales, no se puede rehacer ni reconstruir forzadamente, promoviendo o imponiendo lenguas en territorios donde hace muchos años, incluso siglos, dejaron de existir. Y lo que es peor, para conseguir una cohesión territorial mediante la lengua, se crean, por no decir inventan, idiomas artificiales que se construyen tomando elementos léxicos o fonéticos de aquí y de allá. El criterio que domina en la elección de unos u otros rasgos es el de la diferenciación: se busca crear un idioma que se diferencie todo lo posible de la lengua a la que se pretende sustituir. Y el engendro lingüístico resultante es el idioma que se intenta imponer como lengua oficial en las administraciones públicas, en la enseñanza y en todos los ámbitos de la vida cotidiana.

Después de varias décadas siguiendo esta absurda política lingüística, los resultados son desalentadores. Las nuevas generaciones aprenden lenguas muertas, lenguas que nunca han existido porque no han vivido en la conciencia de los hablantes, mientras las lenguas que se mantenían vivas, fragmentadas o contaminadas por el paso del tiempo, se van muriendo a medida que desaparecen sus hablantes. Los optimistas que todavía creen en el resurgimiento y la revitalización de sus lenguas territoriales deberían llevarse la bofetada de realismo que daba hace bastantes años un abuelo vasco desde su remoto caserío, refiriéndose a las nuevas generaciones que aprenden vascuence en la ciudad: «mis nietos no hablan el euskera, mis nietos hablan gramática». Esos optimistas deberían pararse a considerar por qué los abuelos gallegos ya no entienden ese idioma gallego que traen sus nietos desde la ciudad cuando llegan a visitarles a la aldea.

Las lenguas no se inventan. Las lenguas surgen espontáneamente por la necesidad de comunicación entre los individuos de una comunidad, y se transforman, crecen, mueren, se adoptan, se desechan, no por caprichos o imposiciones sino por la necesidad de mantener una forma útil y práctica de entenderse. Fue esa necesidad la que hizo que los primitivos pobladores de Hispania abandonaran sus lenguas nativas y las sustituyeran por el latín, que les resultaba más útil ante la nueva realidad que llegaba desde la antigua Roma. No me imagino yo a un centurión romano amenazando o exigiendo a un celtíbero que le hablara en latín. Más bien sería el interés del celtíbero en entenderse con el centurión lo que le llevó a adoptar su lengua. Tampoco me imagino al celtíbero, ya romanizado, exigiendo a los invasores del norte que le hablasen en latín. Los visigodos acabaron hablándolo y aceptándolo como lengua porque les resultaba útil en los territorios en los que se iban asentando. Y el celtíbero, a la inversa, hablando un latín muy transformado debido a la falta de comunicación con otros territorios del imperio, ya en franca descomposición, no tuvo reparo en incorporar, sin que nadie le obligase, nuevas palabras necesarias para comunicarse en la nueva realidad social que trajeron los visigodos. Ni fue obligado a incorporar a su vocabulario palabras como aceite y abandonar el óleo latino: simplemente le resultaba más práctico en sus necesidades de comunicación. Ocho siglos de contacto con el mundo árabe no acabaron con la existencia de un latín muy transformado, ya lengua romance precursora del castellano, pero dejaron una inmensa huella en su vocabulario.

Es curioso que los defensores de las identidades lingüísticas territoriales pretendan ahora blindarse frente a las influencias de la lengua invasora, manteniendo la pureza de sus idiomas artificiales. La lengua española, envidiada por su vitalidad y propagación imparable, resulta que es un perfecto ejemplo de mestizaje. A lo largo de su historia se ha ido nutriendo de aportaciones e influencias de todos los pueblos con los que ha estado en contacto, fundamentalmente en el vocabulario: desde las lenguas prerromanas sobre el latín hasta el inglés actual, pasando por lenguas germánicas, árabe, francés medieval, italiano renacentista, lenguas nativas de América, francés de la ilustración. Incluso gallego, catalán o vascuence. No sufrió imposiciones de ninguna clase, el castellano lo fue asimilando todo, solo hubo interés de sus hablantes por dar forma a un sistema útil y práctico de comunicación.

Dentro de una o dos generaciones, como mucho, toda la diversidad lingüística de España, aceptablemente mantenida hasta más allá de la primera mitad del siglo XX, habrá desaparecido. Cuando se hayan ido de este mundo los últimos hablantes que adquirieron sus lenguas y dialectos en la infancia —adquirir desde los primeros meses de vida no es lo mismo que aprender desde los primeros años de escolarización—, la variedad lingüística será residual. Quedará una lengua dominante, el castellano, quedarán restos de las antiguas lenguas en parajes remotos alejados de los grandes núcleos de población, y quedarán, mientras sigan estando generosamente sostenidos con fondos públicos, unos idiomas artificiales de nula o dudosa utilidad. Esos idiomas artificiales serán como el latín en los tiempos actuales: una lengua que fue viva, que lleva muchos años muerta y disecada, que se mantiene artificialmente como lengua oficial de la Iglesia y que resulta útil para conservar sagradas escrituras, titular encíclicas y hacerse entender en los cónclaves cardenalicios.

Qué forma tan absurda de destruir lo poco que quedaba a base de inventar lo que nunca existió.

Un comentario

  1. Hola Carlos:
    Magnífica exposición argumentaria y reflexiva sobre las lenguas, como vehículo de comunicación.
    Las lenguas a mi entender son un ente vivo: nacen, se desarrollan, se utilizan por un período y terminan desplazadas por otras que imponen una mayoría hablante y dominante.

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